Emborráchate de literatura,
porque tu resaca será cultura.
Hacer una reflexión sobre Literatura Infantil y Juvenil
puede ser una tarea tan ardua como la de tratar de complacer con poesía a una
persona que no sabe apreciarla. Como diría el filósofo Manuel Cruz, el cual
argumentaba que hablar sobre amor es comparable a escribir sobre la arena;
pienso que hablar sobre Literatura Infantil y Juvenil es un trabajo maravilloso,
pero complicado; si bien, factible que no imposible. ¿Por qué complicado?
Bueno, pues porque creo que la Literatura Infantil y Juvenil alberga una
especie de magia; ese tipo de magia que los niños conservan durante su
infancia, que muchos pierden al llegar a la etapa adulta; pero que otros tantos
consiguen cobijar como oro en paño.
La Literatura Infantil y Juvenil no es “moco de pavo” amigos
(y me van a permitir el coloquialismo dado que el escritor tiene la autonomía
de lo que escribe, así como que el lector la tiene sobre lo que interpreta de
la lectura). La Literatura Infantil y Juvenil es esa literatura específica de
un colectivo, que ha estado muy dañada o perjudicada a lo largo de la historia
de la literatura; tanto que no estaba considerada como literatura o parte de
esta hasta hace poco. Esto se debía en muchas ocasiones a que se consideraba a
los niños como seres inferiores que no podían disfrutar del buen sabor de boca
que deja engullir un libro. En otras ocasiones se les inculcaba la lectura como
adoctrinamientos, como conductas morales y ejemplares que debían seguir los
jóvenes lectores. No será hasta hace relativamente poco que se expanda el
concepto de LIJ como algo propio de ese colectivo, como algo útil, pero como
algo para disfrutar. Pues, la lectura está para eso: un libro se crea
para el simplemente proyecto de disfrutar del deleite de sus palabras, para
oler sus preciadas hojas con brisa a libro nuevo, para transportarte a lugares
y parajes lejanos, para conocer mundo y para conocer gente, para saber de
cultura de allí y allá, para conocer más sobre las personas, el mundo y la
vida.
Por lo tanto, si el arte de leer está en disfrutar ¿por qué
privar a los más pequeños de ese deleite? Si encima tenemos en cuenta que los
niños son como esponjas que absorben toda la información que se les dota desde
edades tempranas, creo que con más razón hay que dar especial relevancia a la literatura
que se les transmite. Una literatura de calidad, estudiada y trabajada, que se
adapte a sus capacidades y sus etapas de desarrollo y evolución, teniendo en
cuenta sus edades, pero sin privarles de ningún trama o temática que pueda
serles de ayuda, utilidad o simplemente de interés o entretenimiento. Por todo
ello, es fundamental que la educación tenga en alta consideración la literatura
infantil. Ya sea en los colegios como en institutos o universidades, hay que
tener siempre en cuenta esta otra rama que conforma el amplio árbol literario.
"La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo" (Escuela de Tepotzlán)
Siempre he pensado que la sociedad se puede cambiar desde los
pilares, pero que de donde de verdad se construye y transforma es desde la
basa, desde los cimientos. Esos cimientos son los niños, si se quiere mejorar
una sociedad, hay que tener siempre en cuenta este sector, que
en ocasiones menospreciamos u olvidamos. Como diría Vargas Llosa “una sociedad
que lee, es menos manipulable”. Si queremos que una sociedad adulta lea, será
más fácil inculcar hábitos lectores a los niños, que a un adulto acérrimo a no
tocar un libro. Además, siempre he dicho que un niño que lee, es un adulto que
piensa. Si los niños aprenden a leer y a disfrutar de ello, será más sencillo
que ese niño de adulto lea y se mantenga en ello, transmitiendo esos mismos
hábitos a generaciones futuras; tal como se hacía con la literatura oral, la
cual se transmitía de boca en boca, los libros no dejan de ser literatura. Y la
literatura es arte, el arte de compaginar versos, palabras, rimas, párrafos,
historias, imágenes, sentimientos, sensaciones, etc. Y todo lo que sea arte,
siempre es bonito compartirlo y expandirlo.
Por ello, a través de
esta reflexión pretendo reivindicar la importancia de la LIJ y de su relación
con la educación; una educación existente, que desarrolle no solo el hábito lector,
sino la conciencia lectora; que los niños sepan lo que están leyendo, aprendan
con los libros, interactúen con ellos, despierten su imaginación y curiosidad y,
sobre todo, que les llene de goce y felicidad. Por tanto, escribir para niños y jóvenes es tan serio como escribir para adultos, porque -que no se olvide- la LIJ es, por encima de cualquier cosa, literatura, una literatura con mayoría de edad" (Díez Mediavilla, 2016). Todos los que leemos con frecuencia
conocemos esa sensación que recorre todo el cuerpo al acabar una buena lectura.
¡Ah! Y no olvidemos amigos, que los libros de literatura infantil, aunque van
destinados a niños, también pueden ser leídos por adultos y en muchas ocasiones,
puede llegar a impresionar lo divertida que ha sido esa lectura, pues al fin y
al cabo todos llevamos a un niño dentro.
La literatura no puede cambiar el mundo, pero sí a las personas, y estas, con sus acciones, pueden ayudar a hacer un mundo mejor, más solidario, libre y justo (Cerrillo, 2014: El poder de la literatura)

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